miércoles, 15 de mayo de 2013

El peso de una isla en el amor de un pueblo. Sobre el arte performático de Carlos Martiel




(…) Si tú pudieras formar de nuevo aquellas combinaciones,
devolviéndome el país sin el agua,
me la bebería toda para escupir al cielo.
(…)
Me he puesto a pescar esponjas frenéticamente,
esos seres milagrosos que pueden desalojar hasta la última gota de
    agua
y vivir secamente.
Esta noche he llorado al conocer a una anciana
que ha vivido ciento ocho años rodeada de agua por todas partes. (…)

“La isla en peso”. Virgilio Piñera


Dentro del panorama del performance cubano actual un nombre que se torna ya imprescindible es el del joven Carlos Martiel Delgado Sainz (La Habana, 1989), cuyas acciones resultan particularmente provocadoras por la manera tan audaz en que comprometen su propia salud física y mental, desde gestos que parten de la autoflagelación y el sacrificio como productores de sentido. Generalmente hay un momento del desarrollo de la obra en que el artista pierde el control sobre su cuerpo y su destino futuro, para quedar sometido a los designios del azar, del entorno, de los “otros” (entiéndase colegas, extraños, transeúntes ocasionales). Pensemos en una acción como “Marea”, del año 2009, en la que el creador permanece enterrado hasta el cuello en las arenas de la playa capitalina La Concha, por un margen de 2 horas, a la espera de la subida de la marea, con lo cual pone en riesgo su vida. Martiel parece recordarnos que nuestra relación con el mar está signada por la tragedia, la colisión, la pérdida. Esperar la llegada del mar en un acto de naturaleza suicida, no puede dejar de estar asociado a un discurso sobre la emigración insular, esa que hoy nos parece un tópico harto manido, pero que aún continúa teniendo suma vigencia, en tanto numerosas vidas continúan dependiendo de la suerte del intento. El mar podía decidir en esas dos horas la existencia toda de Carlos, tanto como ha decidido históricamente la de muchos cubanos que han padecido el desarraigo. La pregunta interesante sería por qué un joven que no pasa de los 24 años de edad decide autocastigarse, entregarse a una penitencia que simula ser fruto de las lógicas del absurdo, pero que en realidad deviene estrategia consciente de sumisión, de laceración individual, de enajenación y carencia de utopías. Quizás esa sea su forma de protestar ante una sociedad que estima decadente, sórdida.

Otra obra que guarda relación con el tema migratorio es “Adonde mis pies no lleguen” (2011), en la que el performer es sometido a la inyección de un anestésico que lo hará luego desfallecer en su afán de emprender la marcha encima de un bote, cual huida que conduce a la redención. Aquí resulta reveladora la complicidad del enfermero al hacer su parte en la obra, desde el clandestinaje y la ilegalidad que supone la incorporación de una sustancia sedante sin previa consulta y aprobación médica. Sin embargo, es evidente que al creador no le interesa denunciar dichas irresponsabilidades en el orden social; no creo sea esa su intención. Antes, prefiere ahondar en la pérdida del control individual sobre nuestras acciones, o sobre el modo en que ciertos empeños de traslación son obstruidos por la fragilidad de algunas voluntades. La contraposición de significados entre el objetivo mismo del desplazamiento, y el efecto paralizador de la sustancia suministrada, le otorga a la pieza un atractivo sui generis, francamente perturbador.

También medular me resulta “Corpus Cristhi” (2009). Efectuado en Galería Habana, en el contexto de la Décima Bienal de La Habana, en este performance Martiel se presenta desnudo ante el público (como es habitual en la mayoría de sus acciones); con un plumón marca la heridas existentes en su cuerpo, ya cicatrizadas, y luego las reabre con una cuchilla. Recuerdo que ese día en Galería Habana me sentí fuertemente impresionado por la valentía de la propuesta, y por la dimensión simbólica de esa sangre derramada por el cuerpo del artista. Los procesos de sanación y apertura de las heridas son cíclicos; ninguna fisura o lesión está cerrada de manera definitiva, sino más bien sometida a los vaivenes de la historia. Toda rehabilitación es aparente: detrás vendrán luego nuevas grietas. Cristo se inmoló por una humanidad deteriorada, derruida, que pedía a gritos la salvación. Martiel hace lo mismo en un país en sombras, en penurias, al borde de numerosos abismos.
En “Dejarse llevar” (2009) es un caballo quien decide el rumbo a seguir, mientras el artista permanece tendido e inmovilizado sobre este, amarrado con cuerdas a sus extremidades inferiores y tórax. Pensar en la simbología del “caballo” en el imaginario popular cubano, en relación con nuestro universo político, implicaría una lectura en extremo simple y vulgar. Prefiero pensar en esos instintos animales que todos tenemos incorporados, y en lo cercanos que estamos de ese reino del que provenimos de manera irremediable, por más que el raciocinio y el pensamiento lógico se empeñen en afirmar nuestra superioridad. Esta vez se invierten los roles habituales: es el animal quien nos somete, quien nos subyuga, en un gesto en el que sentimos minimizada nuestra condición hegemónica.

Si bien las anteriores son obras sólidas, una de las acciones que estimo más contundentes dentro de la trayectoria del artista es “El cuerpo del silencio” (2009), efectuada en el jardín de la escuela de música Alejandro García Caturla. Aquí la acción consistió en atravesar un rosal desnudo, con las numerosas heridas que ello supone para el cuerpo. Es sin duda estremecedor el gesto: de un espacio tan sublime como el rosal, el creador escoge el costado más duro, el de las espinas y la violencia física. Antes que el perfume de las rosas, prefiere las secuelas del dolor. Antes que la bondad de los olores y la suavidad del pétalo, la textura agreste del aguijón. Se trata de una pieza tierna en la medida en que es descarnada; bella al tiempo que punzante. ¿Para qué fingir que habitamos la fragancia de las rosas, si tenemos las espinas bien clavadas en el alma? Basta ya de aromas simuladas, cuando el hedor espiritual y el malestar colectivo nos invaden por doquier. Ese es probablemente el mensaje que nos transmite Martiel con esta soberbia obra.

También en la Décima Bienal, y en Galería Habana, tuvo lugar “Integración” (2009), en la que el artista coloca excrementos sobre sus ojos y luego comienza a lamer el suelo de la galería. Justo cuando el tema de la bienal era “Integración y resistencia en la era global”, Martiel nos propone la integración como obediencia, como rendimiento y humillación. En el statement de la pieza, el creador apunta: “Solo basta con degradar una visualidad por demás marginada e intentar integrarse a la infranqueable realidad. Son los marginados sociales sujetos carentes de orgullo propio”. Con lo cual es evidente que pudiera haber una reflexión relacionada con la suerte del otro cultural (categoría en la que clasifica el artista por partida triple: racial, geográfica y socio-política). Asimismo, se hace patente un comentario mordaz al interior de la propia Institución-Arte, sobre todo en lo que atañe a sus mecanismos dominación y servilismo. Deslizar la lengua por el suelo de un sitio tan legitimador como lo es Galería Habana, equivale a reconocer la persistencia del arribismo y la adulación como prácticas comunes de inserción en el séquito de los elegidos. Una estrategia efectiva que permite, a aquellos que habitan el margen, transitar de los resquicios de la periferia a las bondades del centro.

En relación con el elemento racial y el posible eje de reflexión en torno a este, se ubica igualmente la acción titulada “Sabiduría”, del año 2007. Esta vez el creador se coloca sobre el jardín de la Academia de Artes Plásticas San Alejandro y, encima del césped, dibuja con su boca –desenterrando la hierba– un símbolo que, según nos indica, “para la tribu africana de los Mali representa la sabiduría”. Propuesta de una dimensión fuertemente antropológica, que se degusta con agrado por su perspicacia. ¿Qué conexión pudiera existir entre el símbolo de cognición y la postura animal (cuadrúpeda) en que el artista acomete la acción? ¿Qué nos quiere transmitir el creador? ¿Que allí donde Occidente ve primitivismo y animalidad se transparenta una forma otra del saber, no menos auténtica? ¿O estamos ante una metáfora de lo gnoseológico como indocilidad, como intransigencia? No me queda muy clara la respuesta; no obstante, la obra me intriga, y eso es suficiente para amarla.  

En la Oncena Bienal de La Habana, Carlos participó ya no con obras dentro de un proyecto colectivo (como fue el caso de sus intervenciones en la Décima Bienal), sino con una muestra personal en el importante Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam, lo cual obviamente supuso para su joven carrera un punto decisivo de inflexión, muy para bien. La expo llevó por nombre Simulacros, y estuvo integrada, de un lado, por cuatro documentaciones en vídeo que registraban respectivamente igual cantidad de acciones del artista, y, de otro, por una actuación in situ, sobre la cual me detendré por su impacto, titulada “Hijo pródigo”. En este caso el artista clavó sobre la piel de su pecho cinco medallas pertenecientes a méritos de su padre, con lo cual nos está indicando que los verdaderos lauros se portan en la carne, bien adentro, y no sobre el resguardo simbólico de una vestimenta alusiva a las instancias de poder. Los méritos y logros son parte de una esencia muy íntima, no de un gesto aparencial, de ostentación que encubre carencias. El hijo pródigo le dice esta vez al padre que una medalla ha de portarse con orgullo pero también con la marca irrevocable del dolor; el resto es demasiado fácil, no vale. Y no puedo evitar (sé que estoy viciado por el contexto y sus manías localistas) leer en el número cinco cierto aire de cinismo. Ese dígito forma parte ya de un acervo cultural y socio-político del que no podemos zafarnos tan fácilmente. Me resisto a pensar que el hecho de escoger justo esa cantidad de medallas haya sido fruto del azar y la impremeditación. Carlos no es nada ingenuo.

Injusto sería si no apunto la cardinal influencia que desde el punto de vista pedagógico y artístico desempeñaron Tania Bruguera y su Cátedra Arte de Conducta sobre los inicios de la carrera de Martiel, quien fue egresado de dicha experiencia docente, al igual que otros un tanto mayorcitos, aunque también muy jóvenes, como Javier Castro, Reynier Leyva, Grethell Rasúa, Celia & Junior, Jeanette Chávez, nombres ya insoslayables a la hora de historiar el arte cubano de los últimos diez años. Oportuno sería entonces seguirle el rastro a este novel artífice del arte cubano del performance, alguien cuya fidelidad a las artes de acción procesual se torna doblemente loable, en estos tiempos en que el mercado lo invade y lo decide todo (o casi todo). Un creador cuya fibra ética le permitiría, con Virgilio Piñera, soportar sobre sí el peso de su Isla (el peso de una isla en el amor de un pueblo).
 

martes, 24 de abril de 2012

Sobre un “fantasma” peligroso


 
Recientemente llegó a mi buzón de gmail el siguiente mensaje, enviado a Diversidad Sexual del CENESEX por un señor llamado Alfonso Chacón Martin. Por su gravedad, lo reproduzco a continuación, y posteriormente les ofrezco mis consideraciones al respecto:

De: Anfonso Chacon Martin [mailto:Anfonso@trdcaribe.co.cu]
Enviado el: miércoles, 18 de abril de 2012 12:33
Para: Diversidad Sexual CENESEX
Asunto: RE: Opinión
Los locos dicen que no están locos, los presos dicen que son inocentes, los alcohólicos que no lo son, los ladrones que están luchando, los enanos que el perfume bueno viene en frasco chiquito y así un sin número de justificaciones hasta llegar a que la homosexualidad es normal. Según documentales en Pasajes a los desconocido son alteraciones metabólicas reales que hacen que un individuo tenga más o menos hormonas femeninas o masculinas y por consecuencias la atracción de a uno u otro sexo; esto es a grandes rasgos la explicación de lo que ahora llaman orientación sexual. La naturaleza es sabia y nos hizo diferentes para evolucionar en la especie si ella hubiera querido satisfacer las necesidades enfermizas de unos y las aberraciones de otros nos hubiera hecho iguales. No me importan las relaciones homosexuales de los individuos que así se manifiesten con el respeto que exige la convivencia social, o ¿es que tiene un menor de edad ver lo que el CENESEX llama relaciones normales en todos los medios?
Esta relaciones es necesario que se entienda que son COMUNES pero no son normales, normal es la naturaleza, o es que ven normal los compañeros y compañeras del CENESEX la pedofilia, al paso que van las interpretaciones y la exagerada y continua manifestación de homosexualismo para la aceptación de la sociedad, que si se ve enfermizo ese trabajo de divulgación. Ya olvidaron el niño hace mas lo que ve hacer que lo que dicen que haga, si los niños de escuelas y círculos ven estas manifestaciones groseras de amor homosexual en la calle y alguna que otra justificada por la profesionalidad del padre o la madre en la casa o en casa del vecino, estamos orientando o incitando a esos pequeños a que satisfagan sus necesidades sexuales con lo que tengan a mano pues a esa edad que entienden ellos de lo que hablan los Master, Licenciados, Premios Nóbel, Doctores, que lo que están defendiendo son más fantasías sexuales que espiritualidades. Creo que deben llamarse a capítulo, aceptación es capacidad interpretativa de los sucesos comunes, NO VENDER COCACOLA, LA Revolución necesita de la voluntad y sacrificio de los hombres y mujeres que cada día piensan en dar lo mejor de ellos para todos y a esos no hay que miran que orientación sexual tienen para aceptarlos.
Conozco profesionales homosexuales que esa propaganda a ellos les da más vergüenza que otra cosa y he visto homosexuales que denigran el trabajo que Uds. hacen, es una vergüenza para la sociedad y la revolución, creo que tienen la tapa de la caja de Pandora en la mano, busquen o hagan estadísticas se los recomiendo.

Cuando leí este mensaje, y descubrí semejantes desatinos, pensé que lo mejor era no hacer caso de tales ignorancias, y no perder mi tiempo contestando un criterio de sabor medieval. Sin embargo, he decidido escribir estas reflexiones por una razón muy precisa, y es que desgraciadamente esa no es solo una opinión aislada y puntual, sino que se hace eco de muchos prejuicios que todavía subsisten en nuestra sociedad en relación con el tema, y que sostienen aún muchísimas personas, aunque a veces nos duela reconocerlo.

Lo primero que me queda clarísimo a simple vista es que este señor tiene delante de sí un gran fantasma que le perturba, un temor a constatar su efigie en el espejo, y descubrir un “otro yo” que se niega a aceptar, porque le causa pánico. De ahí que asuma como estrategia la de satanizar públicamente esa orientación que debe esconder a toda costa. Atacar en público dichas inclinaciones del deseo, equivale a reforzar esa virilidad y hombría que no descansa sobre bases muy seguras, y por tanto necesita ser gritada a los cuatro vientos. Eso está clarísimo: detrás de un extremista se esconde un oportunista. Ya lo han dicho muchos estudiosos del tema: la homofobia no es más que el temor a ser descubierto.

Resulta curioso cómo todavía, a estas alturas de la vida, se sostiene que la finalidad última de la unión entre dos personas es la reproducción, para garantizar así el “mantenimiento de la especie humana”. Me parece ridículo tener que hablar de esto en pleno siglo XXI, pero no me queda otra. Cuando dos personas deciden unirse, el móvil de esa unión es alcanzar el amor, la felicidad, el placer físico y espiritual; la reproducción es solo la consecuencia de ese amor, nunca el fin en sí mismo. Es justamente esa una de las cualidades que nos diferencian del resto de los animales (o al menos de la mayoría de ellos).

Las palabras de Alfonso están ancladas en un concepto de familia que resulta esquemático, primario y simplificador, y deriva de esa noción patriarcal, heteronormativa, falocéntrica, misógina y homófoba, según la cual un hombre y una mujer se casan, viven juntos y dejan detrás una descendencia. ¿Acaso un hombre y una mujer que no logren tener hijos, no podrán nunca constituir una familia?

Pero lo más alarmante es la noción de las “alteraciones metabólicas”. Es obvio que en la orientación sexual influyen factores de tipo cultural, social, antropológico, psicológico e incluso biológico. Y teniendo en cuenta este último, es claro que pueden haber determinaciones hormonales de un tipo o de otro. Pero de ahí a llamarle “alteraciones” a estos condicionamientos hormonales, va un buen trecho. La palabra “alteración” implica que se establece una comparación con un supuesto modelo de “normalidad” o de “orden”, y ese paralelo es muy peligroso, por fascista y excluyente. ¿Qué es lo “normal” y qué no lo es?, y ¿sobre la base de qué criterios de sostiene tal clasificación? Hace mucho rato que la homosexualidad dejó de tener una connotación patológica/clínica, y se entiende como una orientación legítima del deseo, como parte de una diversidad que desborda cualquier esquema. Se trata simplemente de una cuestión de elección personal, que no debe molestar ni afectar a nadie en tanto concierne a la intimidad de dos. Que una actitud sexual impúdica en público resulta desagradable, estoy de acuerdo, pero lo es tanto entre dos gays como entre dos heterosexuales. La cuestión tiene que ver con un problema de educación y respeto al otro, con nociones elementales de convivencia en sociedad, pero no con la preferencia sexual.

Estoy cansado de escuchar el criterio de que los niños no pueden “ver”, no deben “oír” sobre el asunto, como si se tratara de una epidemia que se contagia. Un amigo que trabaja en el ICRT me contaba cómo a propósito de algunas telenovelas cubanas que han abordado el tema de relaciones homoeróticas, llegaban a la televisión muchísimas cartas de personas irritadas porque “los niños podían ver eso”, y era algo que les preocupaba. Creo que aquí el prejuicio sale a flor de piel, se hace más que evidente. Si se debe esconder algo a los pequeños, o no hablar de eso, es porque ese “algo” se considera reprobable, o porque lo entendemos como una opción que nuestros hijos no deben elegir, y por tanto hay que evitársela a toda costa, para que no se enfrente con ella. Y yo me pregunto, ¿por qué? ¿Por qué a los padres no les molesta que sus hijos vean una escena de amor heterosexual en las telenovelas? ¿Por qué en esa dirección no hay cartas ni protestas? Pues porque resulta el “modelo a seguir”, el “patrón de lo correcto”. Sus hijos cuando adultos deberán seguir esa conducta, porque es “lo natural”, y entonces es bueno que la vean reflejada en pantalla. Lo que se salga de ese esquema no debe ser visto. Con ello se está imponiendo a los pequeños una heterosexualidad forzada, que no necesariamente resultará de una elección personal que parta de la diversidad, sino que estará fuertemente condicionada por una voz sociocultural y familiar que dicta las pautas a seguir de manera irremediable. Entonces vendrán en la adolescencia las primeras novias, pero luego ese joven escogerá su propio camino, y sabrá enfrentarse a los “cánones”, hacerlos añicos. Se dará cuenta de que toda norma no es más que el pretexto para su propia infracción (Jan Mukařovský). Pero dicho proceso de autorreconocimiento resulta muchas veces duro, traumático, pues en ocasiones el joven tiene el prejuicio homofóbico enraizado en su propio sistema de valores, y despojarse de él no le es tan fácil. Sería algo así como la homofobia desde la homosexualidad.

Para aquellos jóvenes cuya orientación termina siendo auténticamente heterosexual, el prejuicio les impedirá muchas veces entablar vínculos de amistad con aquellos que poseen una orientación diferente. Y para los que decidan amar a las personas de su mismo sexo, será duro el enfrentamiento con la homofobia familiar y social imperante. Y son justamente algunos padres los que hacen que sea más doloroso este proceso, al ocultar el tema desde la niñez, al decidir no “hablar de eso”. Muchas veces son ellos los responsables de que sus hijos sufran, de que no tengan la valentía suficiente para asumir su sexualidad con dignidad, o de que alimenten un sentimiento de culpa de por vida. Sentimiento que tiene su germen o su base en la niñez, al satanizar los adultos, delante de los pequeños, algo que estos deberían entender o aprehender como libre elección.

Por más que se obligue al niño a jugar a la pelota y a practicar boxeo, se le enseñe a “cogerle la boca” a la vecinita, porque eso es “cosa de hombres”, o se le diga “que los hombres no lloran”…, por más que todo eso ocurra, repito, nada va a impedir que ese niño cuando adulto escoja la orientación sexual en la que se siente más a gusto. Todos esos estereotipos lo que hacen es demorar más el proceso, pero nunca impedirlo.

Pienso entonces que lo más saludable es dejar que el pequeño vea la escena de las dos lesbianas o los dos gays que se aman en la telenovela, o que andan de brazos en la calle. Como mismo deben ver que esto ocurre entre un hombre y una mujer. Así entenderá desde chico que la diversidad es legítima, y aprenderá a respetarla, y por tanto a respetar sus auténticas orientaciones del deseo. Cuando pregunte, se le explica que como mismo mamá está con papá, es posible que tío esté con un amigo al que ama, porque así es feliz, y no hay nada más importante en este mundo que la felicidad. De este modo ese pequeño crecerá sabiendo que existe un abanico de posibilidades bien amplio, y solo él decidirá, sin imposiciones, cuál es el camino que quiere para sí cuando sea adulto. El mismo error sería si viviéramos en una sociedad donde la mayoría fuésemos homosexuales, y nos molestara que nuestros hijos vieran una escena de amor hetero en pantalla. Ambos son extremos inquisitoriales.

Impedir que el niño vea una escena gay, o que juegue con el vecino porque “está flojo”, se convierte en un conflicto tan grave como el que implica que el padre le diga “no andes con fulano porque es negro”. Todas las formas de exclusión son muy nocivas.

Me temo que la caja de Pandora la ha abierto usted, señor Chacón, en tanto ha puesto al descubierto y ha hecho públicos su fobia, su odio visceral, sus temores, sus “secretos”. Por suerte la sociedad cubana está cambiando, y entre esos cambios se ubica el hecho de que cada día aumenta mucho más su cultura en materia de entendimiento y aceptación sexual, gracias en primer lugar a la encomiable labor del CENESEX, esa que a usted le parece “denigrante”, y que a mí me resulta maravillosa. Me da pena sobre todo con sus hijos, que serán víctimas de una educación autoritaria y despótica, enferma. Sí, porque como muy lúcidamente ha proclamado el CENESEX, la homosexualidad no es una enfermedad, pero la homofobia sí.   

Usted alega que el trabajo que realiza el CENESEX es “una vergüenza para la sociedad y la revolución”. Yo le diría que la Revolución debe sentirse avergonzada de que existan en Cuba sujetos como usted. Un día llegará en que las discriminaciones de cualquier tipo serán incluidas en el código penal. Ese día, siento que no muy lejano, los individuos como usted serán llamados a capítulo.

23 de abril de 2012.

PD: Posteriormente el tipo se ha retractado públicamente de las ofensas emitidas, pero no creo que ese “arrepentimiento” sea sincero, sino más bien condicionado por la presión de las tantas respuestas y la enorme polémica que le vino encima. Así no vale. 

(Fotografía: Erwin Olaf)


miércoles, 11 de abril de 2012

Los seis grandes problemas de la Bienal de La Habana:







1.     El equipo de curadores es siempre el mismo (los especialistas del Centro Wifredo Lam), mientras en otras bienales estos mutan, y se incluyen curadores invitados. Dicha situación hace que se repitan –edición tras edición– puntos de vista, orientaciones estéticas y conceptuales, vicios, clichés, etc. Y esto ocurre no porque los nuestros sean malos curadores, para nada, sino porque los mismos cerebros pensando el modelo bienal cita tras cita, obviamente es algo que ha de traer consigo redundancias. Claro, el tema es complejo. Preguntarse por qué en nuestra bienal los comisarios organizadores no han variado desde hace muchos años, equivaldría a cuestionarse por qué el país se ha mantenido detenido en el tiempo por más de 5 décadas. Y la respuesta es espinosa, ya sabemos. El inmovilismo parece ser nuestro fatum, el destino insular, en todas las esferas.
 

2.     Su retraso siempre es tal, que más que una “bienal”, se ha convertido en una auténtica “trienal”. Sus organizadores deberían pensar en cambiarle el nombre.
 

3.     Los artistas que participan casi nunca son los más representativos o de vanguardia en el contexto de los países del Sur, sino más bien autores “epigonales” o de “segunda”.


4.     Las carencias financieras y logísticas para la transportación de las obras o su producción in situ (en la Isla, quiero decir) hacen que muchas veces determinadas ideas originales y creativas de los artistas queden convertidas en mediocres experimentos con materiales baratos y fácil realización, diferentes por completo de la iniciativa primera. Todo ello en aras de superar los “obstáculos” económicos.
 

5.     Las muestras “colaterales” y las realizadas por los artistas en sus propias casas o estudios (al margen de cualquier programa) suelen resultar mucho más interesantes que el “cuerpo central” de la bienal, cada vez más deficiente. Lo cual debería ser a la inversa, como es lógico. Aunque bueno, los “rechazados” generalmente se esfuerzan más por lucir y destacar, tiene sentido. La pregunta es por qué muchos “rechazados” con un talento descomunal no son invitados. Claro, esto acaba convirtiéndose en una virtud para ellos, en un elemento a su favor. Ser relegado por el “canon” oficial es algo que seduce sobremanera a los ojos de los coleccionistas que llegan a la Isla a propósito del macro-evento. Me consta que muchos de los que piensan asistir a la oncena jornada ya no pretenden ni siquiera asomarse a las exposiciones previstas por el comité organizador; me han comentado que solo les interesa ir a los estudios de los artistas, y que, por lo demás, están cansados de “más de lo mismo”. Fenómeno curioso, para estudiar con detenimiento.
 

6.     Los temas escogidos como pretextos o pies forzados para la creación terminan siendo siempre muy ingenuos, trasnochados, elementales. Trillados. Por lo general, las obras mejores son las que acaban ignorando olímpicamente ese lastre temático. Las que tratan de ajustársele casi nunca han corrido con mucha suerte, más bien han resultado forzadas, como “cogidas por los pelos” en su posible vínculo con el slogan. Muchos se preguntan hoy día si es necesario que la bienal tenga un tema, o si es esta otra manía de sus núcleos de poder.
 
Reparemos, por ejemplo, en el eje temático de la próxima cita, a celebrarse entre mayo y junio de 2012: “Prácticas artísticas e imaginarios sociales”. Hasta ahí, ningún problema, en apariencia. Pero cuando se lee la nota de prensa o comunicado emitido por el comité organizador, se descubre algo desconcertante: “Es imprescindible escuchar el ruido de la calle: se pretende salir de los sitios sacralizados en busca del transeúnte…”. A estas alturas del campeonato eso de abandonar los “sitios sacralizados” en busca de la calle y la gente, resulta cuando menos risible. ¿A qué sitios “sacralizados” se refieren? Porque los espacios galerísticos hace ya casi un siglo que han sido desacralizados. Vamos, desde los dadaístas. Me imagino las carcajadas de Christo Javacheff al escuchar eso de llevar el arte a los “transeúntes”. ¿Hasta cuándo con lo mismo, con ese discurso “envejecido”? Más adelante se lee: “También las advertencias científicas sobre la fragilidad del ecosistema han tenido que ser retomadas socialmente. El poder hegemónico fomenta su interés bélico y consumista, y asienta la relación con la naturaleza como un recurso utilitario, sin preservar las condiciones mínimas del entorno vital. Esta plataforma resulta inédita para la proyección de la esfera pública en el mundo contemporáneo”. ¡Por Dios, eso parece un texto de la Mesa Redonda, y no una plataforma conceptual para una bienal de arte contemporáneo! La “fragilidad del ecosistema”, el “poder hegemónico” “bélico” y “consumista”… ¿Qué cosa es eso?, ¿un texto del Granma? No podían haber buscado un tópico más simple y manido, honestamente. Se les fue la musa ¿Y todavía me dicen que esa “plataforma” es “INÉDITA”? Na´, a otro con ese cuento… ja ja.
 
Se mencionan con énfasis en la nota las palabras “experimentación” y “renovación” como un interés manifiesto (ej: “Nuestro país completará la nómina del evento con una fuerte presencia de artistas cubanos, con propuestas también renovadoras y experimentales”). Me temo que hoy día ya todo está inventado. Eso de “renovar” es algo dudoso. En lugar de potenciar la “experimentación” se debería cuidar un poco más la calidad.

Y para rematar, añade el citado documento: “Esta bienal se hará presente en nuestras plazas, parques y espacios citadinos, además de sitios nuevos, que se han sumado a este empeño de llevar el arte al alcance de todos. ¡Y que viva el populismo!, agregaría yo. Así que “llevar el arte al alcance de todos”. ¡Qué utopía! El arte jamás será para “todos”, ni estará al alcance de “todos”. El arte es (y lo será siempre) un fenómeno de élites, de minorías. El resto es puro consignismo.

Eso por no hablar de otros temas, como aquel de “Integración y resistencia en la era global”. ¡Solavaya!

Se siente como un cansancio, un vacío, un poner el tema por ponerlo, porque nos toca… 
 
(La oncena edición se libró del que hubiera sido mi problema “7”, al zafarse del empobrecedor y lacerante Morro-Cabaña. ¡Por fin! No tengo el dato de si fue una iniciativa del comité organizador, o si la Cabaña no quiso ser más la anfitriona. Más bien intuyo que fue lo segundo. Pero da igual, el caso es que ya no estarán allí, lo cual será muy saludable).



PD: Claro que no todo es malo, hay también ciertas virtudes (por ejemplo, en la venidera cita la fuerte presencia que tendrán los jóvenes, eso está muy bien). Sin embargo, para estas notas he querido reparar en las deficiencias, más que en los méritos. Quizás porque habitualmente se insiste en las probidades, dejando a un lado las zonas “turbias”. Y me gusta ir a contracorriente, no puedo evitarlo.  
    

París, marzo de 2012
En las Tuileries
  (A menos de dos meses de la Oncena Bienal de La Habana)
Ilustración: Tai Ma Campos




miércoles, 4 de enero de 2012

¿Qué pasa con las galerías de mi país? (Notas dirigidas a los niños, como gustaba a J. F. Lyotard)



El sistema galerístico cubano padece hoy una crisis verdaderamente lamentable. Si tenemos en cuenta los espacios cerrados definitivamente (Galería Havana Club del Museo del Ron, et al) y aquellos otros que se encuentran inactivos por reparaciones ¿temporales? (La Casona, etc.), las opciones de emplazamientos para exposiciones son cada vez más exiguas. Eso sin hablar de las famosas y sempiternas “filtraciones” (La Acacia, Servando) y “goteras” (Galería Habana), esta última con su ya habitual cubo o palangana agregada muchas veces al entramado de obras en exhibición. A todo ello sumémosle que de por sí el número de galerías existentes es bien reducido en relación con la oleada tan grande de artistas que posee la Isla, unidos a lo que se van graduando cada año de nuestras escuelas de arte. Demasiada demanda y poca oferta. Todo esto hace que los creadores se vean obligados en no pocas ocasiones a exponer en sus propias casas o estudios, en lugares públicos como parques, iglesias, etc. Situación que afecta sobre todo a los más jóvenes, en desventaja frente a los llamados “vacos sagrados” que invaden como una plaga las nóminas de los principales recintos expositivos.

Si llevamos este fenómeno a un nivel macro, el de los museos, todo el mundo se pregunta constantemente cómo es posible que no exista un museo de arte contemporáneo en Cuba, teniendo en cuenta que nuestro Museo Nacional de Bellas Artes apenas compendia en sus salas (muy tímida y precariamente) hasta los años noventa del arte insular. Cuando transcurran dos décadas más, la desactualización de dicha institución será bien notable. ¿Cómo explicar además que no se exhibe ni una sola video-creación en dichas salas, cuando desde hace más de quince años el vídeo representa una zona muy visible y significativa dentro de nuestro contexto plástico? Nuevamente las repuestas aluden a la escasez de metros cuadrados, la limitación del presupuesto estatal, etc. 

Volviendo al tema galerías, estas generalmente no tienen mucho que ofrecer a los artistas: una pequeña “postal” como catálogo (en el mejor de los casos), un brindis penoso por su calidad y cantidad, una estrategia promocional casi nula e inexistente, y a veces ni siquiera un montador o un medio de transporte decoroso para trasladar las obras. Son entonces los creadores quienes tienen que asumir, la mayoría de las veces de su propio bolsillo (o patrocinadores mediante), los requerimientos logísticos antes apuntados. Lo cual se torna más grave cuando se trata de las “galerías comerciales” (un engendro cubano, en el mundo entero todas las galerías comercializan; en nuestro caso unas lo hacen y otras solo tienen la facultad de “promocionar” –dando pie desde luego a un jugoso mercado negro). Y digo que se torna más grave porque dichas galerías no apoyan en casi nada al artista y, aun así, si les venden algo, se quedan el 40 o el 50 % de las ventas, lo cual resulta demasiado fuerte.

Otro aspecto que lastra la imagen, el perfil y la calidad del trabajo es el cambio constante de especialistas. En nuestras galerías estos suelen ser muchas veces meros cuadros, y no verdaderos expertos o conocedores, “especialistas”, como lo indica la palabra. Si además de eso sus rostros mutan con frecuencia (debido sobre todo al éxodo hacia el extranjero y a los archiconocidos “explotes”), el caos se hace más evidente. En este sentido la Empresa Génesis se encuentra ahora mismo en la cima del hit parade. Y no es culpa de quien dirige (María Victoria Durán está realizando un excelente trabajo, hasta donde puede, al frente de Génesis). El problema es mayor: es sistémico. Lo cierto es que cuando un galerista se va, se lleva consigo su carpeta de clientes, su mailing promocional, su nómina de artistas…, y quien le sustituye llega con una nueva mentalidad, un perfil estético diferente, preferencias por otros creadores, distintos métodos de trabajo, generalmente “en pañales”, a comenzar desde cero en lo que a clientes se refiere. Al ser los espacios galerísticos de nadie en particular, sino de ese ente abstracto llamado “Estado”, se fractura por ello cualquier sentimiento de pertenencia que pudiera surgir por parte del especialista hacia su recinto laboral. Como resultado, este tipo de cambios de staff suele ser bien brusco y pernicioso para el trabajo y el prestigio de una galería, los que se deben sedimentar con la experiencia y el paso de los años, en aras de ganar credibilidad en los públicos.

Frente a este panorama tan polémico, cabría preguntarse si no sería oportuno que el Ministerio de Cultura abogara por la posibilidad de que existan en nuestro país galerías surgidas desde iniciativas privadas, con sus correspondientes impuestos al Gobierno, como está ocurriendo en otros sectores (cafeterías, restaurantes, peluquerías, etc.). Ello arrojaría resultados más favorables: aumento de la competencia –y con ella la calidad–; mayor independencia de los galeristas a la hora de tomar decisiones en relación con gastos, ingresos…; mejor trato y más pertenencia; mayor libertad expresiva para los artistas. Se ganaría así en muchos más espacios para el efervescente y prolífico arte cubano contemporáneo, cuyo talento desborda nuestra Isla.

Claro, lo anterior será un paso difícil, en tanto estamos hablando de arte, y no de croquetas o retoques del cabello. El arte es un hecho comunicativo, tiene la facultad de estimular y liberar de su apatía a las neuronas de los receptores. Es un vehículo de información y un agente de debates públicos. Y la información es poder, eso lo sabemos. Aceptar la presencia de galerías privadas implica ceder un tanto, admitir la disminución de una parte del control y el protagonismo. Sin embargo, el Ministerio de Cultura ha demostrado ser en los últimos tiempos lo suficientemente astuto y perspicaz como para adecuarse a las dinámicas de los nuevos tiempos (los actuales y los que se avecinan); así lo demostró, por ejemplo, con el célebre performance de Tania Bruguera en la Décima Bienal de La Habana. También sé que no depende solo del Ministerio de Cultura; se necesita de una voluntad política mucho mayor. Pero estoy por estos días bastante optimista: cada vez creo más en los cambios que se aproximan. Aguardo con atención. Entretanto, me refugio en la palabra.            

viernes, 7 de enero de 2011

Rufo Caballero. Un nuevo nacimiento, la fuerza de un legado




Este miércoles 5 de enero, alrededor de las 8: 45 pm, falleció una de las figuras cimeras de la cultura cubana de los últimos 25 años: el ensayista, profesor y crítico Rufo Caballero Mora (Cárdenas, 1966). Doctor en Ciencias, con 12 magistrales libros publicados en solo 44 años de vida, acreedor del Premio de Ensayo Hispanoamericano Lya Kostakowsky, el Premio de Ensayo sobre Cine Iberoamericano y el Caribe, el Premio de la Academia de Ciencias de Cuba, el Premio Nacional de Crítica Cinematográfica y la Distinción por la Cultura Nacional (entre otros lauros), con una meritoria y sostenida labor en los medios televisivos y de prensa escrita de nuestro país, su obra se encontraba en pleno auge y madurez, en un ascenso vertiginoso. Sin embargo, la muerte hizo de las suyas, decidió interponerse y obstruir una carrera en extremo promisoria. Así es la vida de incierta y azarosa, movediza.

Conocí a Rufo durante mis años de estudios universitarios, allá por el cuarto año de la carrera Historia del Arte. Antes lo había leído con intensidad, pero nunca habíamos coincidido o compartido una charla. La posibilidad de contar con su presencia en las aulas en calidad de docente, fue para mí un verdadero alumbramiento. ¡Qué autoridad la de esos conocimientos impartidos¡ Qué solidez, seguridad. Locuacidad. Su dominio del lenguaje resultaba apabullante, enceguecedor. Era un orador con un poder de convencimiento admirable. Con él aprendí a interpretar el cine, a pensarlo. Sus lecciones eran un golpetazo en la sien, todo el tiempo me avergonzaban de mi ignorancia, a la vez que me ensanchaban el cerebro, me movían suelo y tierra. Puedo afirmar con total honestidad que una buena parte de lo que soy como crítico, se lo debo a sus encomiables (y envidiables) conferencias o talleres. Y a la lectura de sus textos, sin duda, los que hacen gala de una prosa genuina, en suma personal y seductora, polémica, problematizadora.

Siempre estimé su valentía crítica y exegética. Cuando otros preferían ir a favor de la corriente, del consenso que facilitaba el camino y aseguraba credibilidad, Rufo gustaba en cambio de los retos, de las provocaciones y abismos escriturales. Nunca le temió al canon ni al peso de la tradición. Confió todo el tiempo en su ojo, en la reciedumbre de sus conocimientos. No son pocos los “vacos sagrados” que desmitificó, los jóvenes talentos por los que apostó.

Sus textos, más que describir o valorar, se encaminaban hacia la interpretación cultural, hacia la decodificación y el hallazgo de significados, mensajes, ideas. Para ello poseía un talento descomunal. Uno podía o no estar de acuerdo con sus juicios, pero difícilmente estaba en condiciones de argumentarlos con la misma profundidad y consistencia.

También defendió con mucha vehemencia la pasión como un componente esencial –y necesario- del acto crítico. No gustaba de las críticas frías, austeras, despersonalizadas. Creía que, amparadas en la presunta y proclamada “sobriedad”, estas escondían muchas veces faltas de “agallas”, de “sangre por las venas”, como acostumbraba decir. Cobardía. Rufo era un poscrítico de los más legítimos. Para él la crítica era ante todo un género literario, y por tanto arte, ficción. De ahí que se permitía las licencias más insospechadas, los juegos más osados con el lenguaje, sin desatender jamás, eso sí, la inflexión poética de su prosa.

Sus interpretaciones del cine posmoderno, del nuevo cine latinoamericano y el cine negro, de la plástica cubana de los años noventa y dos mil, así como de poéticas puntuales como las de Pedro Almodóvar, Humberto Solás, Tomás Gutiérrez Alea, Fernando Pérez, Raúl Martínez, Antonia Eiriz, Rocío García, Agustín Bejarano, Arturo Montoto, entre muchos otros nombres que se pudieran mencionar de una lista bien extensa, representan un legado inestimable para la cultura cubana de todos los tiempos. Leer a Rufo Caballero es una experiencia obligada para las futuras generaciones de artistas, críticos, investigadores, profesores, estudiantes, etc. El conocimiento de su obra supone un camino seguro hacia la iluminación. Hacia el trance.

También lo recuerdo con agrado en sus brillantes disertaciones en Lucas y en La Columna, un programa este último que nunca debió dejar de existir, por el bien de nuestro sistema cultural. Sus palabras eran a un tiempo sagaces, penetrantes, amables o lapidarias, pero siempre alejadas de cualquier lugar común o sendero trillado. Sus habilidades comunicativas ante cámara resultaban impresionantes por su espontaneidad y frescura, por su enjundia. Tampoco olvidaré sus célebres tertulias de Villa Manuela (Provocaciones), un verdadero tsunami dentro del contexto plástico cubano de los últimos años.

Pero más importante que todo lo anterior, es que lo recuerdo como amigo, como un sincero y leal amigo. No fueron pocos los “cocotazos” que recibí de su mano, los regaños y señalamientos, pero todos ellos me ayudaron a crecerme enormemente (en el orden profesional y como ser humano). Recuerdo su pasión por el baile –sobre todo la salsa. Cuando salíamos a alguna disco y comenzaba la música house, la tecno, él se sentaba y me decía: “eso no se vale, me hiciste trampa, habla con el DJ y dile que ponga casino”.

También gustaba mucho de la playa. Coincidíamos en ocasiones Jesús (“Joshua”, como él le apodaba, quien era uno de sus mejores amigos), él y yo, siempre en las tardes, pues odiaba el sol del mediodía. En el agua hablábamos de cine, de pintura, dábamos “cuero” a figuras del “mundillo” (en eso era genial, tenía un sentido del humor muy aguzado). Le fascinaba poner motes a sus amigos y compañeros; a mí me llamaba “Pitega” (por Píter y Ortega). Otros –muy renombrados y famosos, cuyos nombres no revelaré- terminaron convirtiéndose en caricaturas verbales deliciosas.

Por el momento es suficiente. Pudiera parecer muy kitsch, o cursi, pero en este instante, mientras escribo, corren lágrimas por mis mejillas. Y no me permitiré eso. De ninguna manera. A él no le hubiese gustado verme así. Dondequiera que esté me recordará siempre alegre, optimista, con la cabeza bien en alto. Así lo recordaré yo, sin lágrimas, como el gran ensayista y amigo que fue, también divertido y gozador de la vida. A fin de cuentas, no hay motivo para llorar; él no se ha ido, nunca lo hará. Estará eternamente en las aulas de Artes y Letras, del ISA, en nuestras bibliotecas y librerías, en nuestros textos y conferencias, en nuestros jóvenes cineastas, en nuestra televisión… En nuestras mentes. Su influencia será arrolladora, imborrable. Contra su legado no habrá fuerza que pueda. Apenas acaba de nacer.


La Habana, 6 de enero de 2011.